7- ¿Dónde está quien murió?

Puede parecer extraña esta pregunta, sin embargo es fundamental que el coordinador confronte empáticamente con ella y que cada participante se la formule y la responda. Todos vivimos en la categoría espacial. Estamos ubicados en algún lugar.

De igual modo, la mente y el corazón preguntan por el “lugar no físico” del muerto. ¿Dónde está?

Las respuestas posibles son:

– En mi recuerdo. Yo vivo con lo mejor que fue él/ella.

– En sus cosas, sus proyectos, su obra…

– En el cementerio. Yo ya no creo en nada. Es un cadáver.

– Aquí, en mi pecho. Siempre va conmigo.

– Su espíritu ha buscado “otra forma corporal”. Es la reencarnación.

– Están en todas las partes. Es animismo, espiritismo, panteísmo.

Los cristianos creemos y sostenemos que nuestros seres queridos por la gracia de Dios son llevados a la presencia de Dios, en la resurrección de Cristo (1).

Muchos dicen que el muerto “está conmigo”, que “va siempre a mi lado”. Obviamente, el muerto no “camina” de un lugar para otro ni se ha metido “dentro” de uno. Es reflejo del apego.

La respuesta que aclare dónde ubicamos al fallecido es esencial. Porque si está sólo en el recuerdo, ya no existe. Si está en el cementerio, es puro cadáver. Si lo encomendamos en la misericordia de Dios y en su promesa fiel de la Resurrección, el ser querido es presente en el amor, para ser amado y para amarnos; y es condición para el encuentro en la patria celestial.

Como cristianos no amamos un recuerdo. Amamos y nos dejamos amar por nuestro ser querido en Dios.

– Pero a mí nadie me lo devuelve…

“Sólo perdemos a nuestros seres que murieron si no los amamos y si no los tenemos junto a Dios que nunca se pierde” (San Agustín).

(1) Cfr. M. Bautista. “Vivir como resucitados. Jesús y el duelo.” Ed. San Pablo, Buenos Aires, pp. 48-53.