24 – Jesús: modelo de hacer el duelo.

Jesús, visibilidad del Padre, hecho hombre entre nosotros, expresión de la misericordia divina, que pasó haciendo el bien, vivió la angustia de muerte en Getsemaní (1), sufrió la injusticia de la traición y negación, fue sometido a tortura y a juicio adulterado. Crucificado entre malechores, en público, delante de su madre, murió joven y resucitó. El es el camino, la verdad y la vida.

Por la fuerza de su amor en verdad y libertad, no se echó atrás en su proyecto redentor, empezando a vivenciar el duelo anticipado de su muerte (cfr. Mc 8, 31-33): “Nadie me quita la vida, yo la entrego” (Jn 10,18).

Jesús es modelo de cómo ayudar a hacer los duelos. Los evangelistas narran tres resucitaciones realizadas por Jesús: a una niña, a un joven y a un adulto. Tienen mucho interés en mostrarnos el acompañamiento humano y pastoral de Jesús a las familias de aquéllos para enseñarnos cómo hacernos prójimos de quien se encuentra en duelo (2).

En el relato de los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24,13-35), se refleja el concreto realismo de dos almas en crisis por el desconcierto de su sufrimiento. Se pone de manifiesto el complejo itinerario humano – espiritual del duelo de esos dos hombres de fe probados y desconcertados que se alejan de su comunidad. Se plasman maravillosamente el estilo y los pasos dados por Jesús en el proceso de relación de ayuda (que han de ser asumidos por nosotros), así como los recursos espirituales que van a iluminar y sanar el sufrimiento para transformarlo en crecimiento y en amor redimido y redentor.

Jesús es, a su vez, modelo de cómo elaborar las propias crisis positivamente. El, en su duelo, no fue pasivo, ni resignado. Se hizo dueño de su sufrimiento transformándolo con amor en redención, en relación de ayuda. No transfirió su sufrimiento ni se convirtió en el centro de una insana compasión. Supo pedir ayuda (cfr. Mt 26,40).

Jesús no se abandonó a sí mismo; no abandonó a los demás; no se sintió abandonado por Dios Padre; se abandonó en Dios. El, con el mal, hizo bien. El, a los que le hacían mal, hizo bien. El, a los que le acompañaban, les ayudó. Hizo relación de ayuda a sus “compañeros” crucificados.

Sintiéndose “buen hijo”, pidió al Padre celestial que perdonara a sus propios verdugos. Dialogó, oró y se dejó amar infinitamente por su “abba” celestial en el momento de mayor vulnerabilidad y desconcierto existencial. Ayudó a hacer el duelo a su propia mamá, que sufría doblemente por ella y por el hijo crucificado, teniendo delante de ella a los verdugos del fruto de sus entrañas.

– “Mujer, aquí tienes a tu hijo” (Jn 19,26).

– “Aquí tienes a tu madre” (Jn 19,27).

No quiso Jesús que María se cronificara en su duelo, ni que se muriera con El, sino que viviera en su resurrección. La vinculó a su ser resucitado y a nuevos contactos humanos. Le pidió ser todavía más feliz, con el recuerdo por atrás, con el amor resucitado por delante. Al pedir al padre perdón para sus verdugos, también se lo pedía a su madre. ¡Y ella no era Dios!

La resurrección de Jesucristo constituye, por tanto, el gran dogma cristiano. Por esta resurrección, la esencia de una sana elaboración del duelo es amar en verdad y libertad. Así, por la resurrección de Cristo y en Cristo, el amor invita a querer a quien murió no como a un recuerdo del pasado, sino como a “alguien resucitado y feliz”; anima a “ubicar” a quien murió no en el cementerio (lugar de muerte) sino en Dios, (lugar de vida). Por ende, esta misma lógica del amor sugiere rechazar: “no seré feliz hasta que me reencuentre…” Este amor es una purificación de apegos e ideologías.

Por la resurrección de Cristo, el amor purificado llega a gozar de la resurrección feliz del ser querido muerto. Los resucitados en Cristo al amarnos nos obligan (motivan) a amar y a dejarnos amar en verdad, libertad y felicidad.

En la resurrección de Cristo no se “pierde” a nadie, se lo gana para una vida plena y feliz donde los proyectos humanos concebidos son ampliamente superados por la nueva existencia en Dios.

(1) Cfr. Mateo Bautista. Jesús, sano, saludable, sanador. Ed. San Pablo, Buenos Aires, pp. 67-71.

(2) Cfr. Mateo Bautista. Vivir como resucitados. Ed. San Pablo, Buenos Aires, pp. 26