14- Reconducir las preguntas

Las crisis del duelo generan una cascada de preguntas en busca de respuestas por la causa que lo produjeron.

– ¿Por qué pasó esto? ¿Cómo pudo ocurrir?

Las crisis del duelo suelen ser además frecuentemente crisis de sentido de la propia existencia, crisis de sentido vital. Por eso, pronto se personalizan esas cuestiones:

– ¿Por qué me pasó esto a mí? ¿Qué he hecho yo…?

Y no se encuentran respuestas. Si se hallan, no suelen satisfacer. No complacen satisfactoriamente los argumentos de las causas inmediatas, de la libertad humana, de la imperfección de la naturaleza, de la caducidad de la vida del hombre. En el fondo, la respuesta es siempre metafísica o teológica.

Pero el duelo no lo hacen los muertos sino los vivos. ¿Las preguntas han de hacerse a los muertos, a la vida, al destino o a Dios? Las preguntas no han de lanzarse fuera de sí, incluso cuando se interroga Dios, sino hacia el interior de uno mismo, si es que queremos una respuesta. Es más, hay que preguntarse sobre uno mismo, revisando la propia actitud en el mismo duelo. Y uno mismo ha de responder, no evadirse.

– ¿Qué tengo que hacer? ¿Cómo he de vivir en adelante? ¿Qué sentido tiene ya mi vida? ¿Voy a seguir así?

Las preguntas al pasado son infructuosas. Las preguntas sobre el propio futuro son muy provechosas.

– ¿Cómo me veo dentro de dos años?

El coordinador del grupo de mutua ayuda confrontará empáticamente para que las preguntas sean, poco a poco, formuladas por parte del doliente sobre él.

Tal vez, no haya respuestas a muchos porqués pero nunca el sufriente ha de quedarse sin sentido ante el porqué del significado y valor de su propia vida, de su futuro.

Las heridas y cicatrices del sufrimiento son en el duelo el lugar especial para nacer de nuevo, para la generosidad, para amar en verdad y libertad o, por el contrario…