13- Sanar el resentimiento y la culpa

El sufrimiento puede llevar al resentimiento, boquete abierto en el corazón dolorido; una gran herida, efecto y causa, a su vez, de tantos sufrimientos.

Resentimiento es extrangulamiento de la paz del alma. Es sentimiento desproporcionado y desordenado, energía superpotenciada y mal canalizada, autoagresividad que añade también violencia anímica contra los demás y contra Dios.

El resentimiento engendra el remolino del remordimiento. Es, como su etimología expresa, morderse a sí mismo, una y otra vez.

¡Cuánta frustración esconde el resentimiento, qué baja autoestima y qué profunda insatisfacción…! ¡Cuántas quejas y comparaciones, actitudes inmisericordes y suspicacias, falta de humor y alegría! ¡Y cuántos miedos y temores!

El resentimiento es corazón avinagrado que desangra a su dueño. Es bronca negra y amarga que atrae arrastre del pasado. Suele derivar la causa de su sufrimiento en los demás. Se niega al perdón.

El resentimiento engendra también el dragón de la culpa.

La culpa es compañera inseparable de todos los duelos. Es látigo en la conciencia. Es examinador impío que nos descalifica. Es proyección casi compulsiva a un pasado que no se puede cambiar ya.

Hay que distinguir entre sentir culpa y tener culpa. Aunque no se tuviera culpa o responsabilidad, se siente culpa.

Nunca negar estos sentimientos. Hay que asumirlos para superarlos.

No se sale del laberinto y del infierno del resentimiento y de la culpa sin el perdón y la adhesión a valores (1). El perdón de Dios y de los hombres (incluso pedirlo a los muertos) redime nuestras culpas; también nuestro autoperdón y, por supuesto, la generosidad del alma para perdonar de corazón.

Los muertos no nos “pasan factura” por nuestras culpas. Somos nosotros la fuente de nuestros reproches.

(1) Cfr. M. Bautista, M. Correa. “Relación de ayuda ante el suicidio.” Ed. San Pablo, Buenos Aires, pp. 92 – 93.