Cuando el duelo bloquea tu vida

El P. Arnaldo Pangrazzi reflexiona sobre los obstáculos en el duelo

CUANDO EL DUELO BLOQUEA LA VIDA
Arnaldo Pangrazzi

Religioso Camilo. Instituto Internacional Camillianum. Roma

La presencia de la muerte nos recuerda de manera inevitable la fragilidad de la existencia. Arnaldo Pangrazzi nos presenta un decálogo de comportamientos ante la pérdida de un ser querido que interfieren en la elaboración del duelo. Diez obstáculos que hacen no afrontar los sentimientos de la manera adecuada.

Del análisis del decálogo se deduce que estos comportamientos impiden elaborar el duelo y nos ponen en riesgo de que el dolor se transforme en un laberinto en el que nos perdemos.  El autor nos muestra estos obstáculos como una llamada a desarrollar el coraje para proseguir la historia de la cual, cada uno es el único intérprete y protagonista, aunque esté huérfano de alguna presencia importante.

El dolor es un huésped desagradable, inevitablemente presenta en la experiencia humana. La historia de cada persona está surcada de experiencias de fracaso, de heridas relacionales o de separaciones de seres queridos.

No se puede concebir la vida sin ligarla indisolublemente a la presencia de la muerte. Desde el niño que nace y experimenta la salida del seno materno al agonizantes que emite sus últimos suspiros, todo el arco de la existencia está surcado de miles de “pequeños adioses” o separaciones que anticipan la última separación que es la muerte. Cada uno afronta estas “pequeñas muertes” de manera diversa, a la luz de una variedad de distintos factores como los propios valores, el tipo de carácter, el nivel de autoestima o no autoestima, el horizonte del propio proyecto, la mayor o menor disponibilidad de relación afectiva, la adhesión a referencias religiosas o espirituales, el comportamiento de realismo o de falsa esperanza, que se plasma en la propia filosofía de vida.

Hay quien de una pérdida emerge más sensible y abierto a los otros, hay quien reacciona atrincherándose dentro de la prisión del aislamiento, dejando que el malestar y la desesperación se apoderen de uno, privándose así de la posibilidad de encontrar otras razones para luchar y esperar.

La muerte de una persona querida, sobre todo si sobreviene en circunstancias inesperadas o dramáticas, sea un infarto, un accidente de tráfico, un homicidio o un suicidio, deja estupefactos a los supervivientes.

Inicialmente está el instintivo rechazo de un acontecimiento que priva a los que quedan de la cercanía y el afecto de un familiar, estropeando la vida y privándole de miles de sueños y proyectos. Después, poco a poco, los que se reconcilian con la inmutabilidad de la pérdida: a los días de desconsuelo y de las lágrimas, le siguen instantes de sonrisa que acompañan los recuerdos, el empeño por seguir adelante por más que quede un recuerdo existencial más sufrido, más profundo y verdadero.

Muchos están en situación de gestionar el duelo usando las propias fuerzas y recursos; otros tienen necesidad de buscar la ayuda de un profesional (psicólogo, psiquiatra, psicoterapeuta, médico, sacerdote…) para recibir apoyo en los momentos críticos, otros recurren al uso de fármacos, somníferos o tranquilizantes para aliviar el estrés de interminables noches en blanco.

Un grupo más reducido de personas se sirven de la ayuda ofrecida por los grupos de ayuda mutua para la elaboración del duelo, en los que se puede experimentar la liberación de los sentimientos y la comprensión emotiva, la solidaridad y la alianza con otras personas heridas, la formación constante hacia la diversidad y la tolerancia en el hacer frente a las pérdidas. Del compartir y de la confrontación con los participantes se aprenden lecciones preciosas acerca de los modos de gestionar el duelo, las diversas reacciones  de las familias ante las pérdidas, la relación con los otros y con la sociedad, la diversa manera de afrontar los sentimientos, el trabajo de perdonarse o de perdonar.

Muchas personas en duelo no arriesgan a utilizar los mencionados recursos en la gestión del dolor y permanecen dentro de la trampa del duelo no resuelto o patológico. Para ellos, el luto no es un río que hace su camino hacia el mar, aunque sea entre rocas y troncos que le obstaculizan el camino, sino un estanque de agua pútrida, malsana e inquina. A veces el dolor es más grande que la capacidad de la persona para hacerle frente o quizás el individuo no está abierto o dispuesto a curarse o a dejarse curar por la vida; de cualquier modo ha hecho del dolor su propio domicilio.

La presente aportación pretende ilustrar de estos estanques malsanos, expresados bajo la forma de un decálogo de voces con el sufijo “ismo”, que integran la dimensión negativa.

Cuantos tienden a asumir las actitudes delineadas, son candidatos a hacer del duelo un problema, sobre todo donde estos comportamientos perduran en el tiempo.

La breve descripción de estos diez obstáculos puntualiza algunas manifestaciones y expresiones recurrentes.

1.- MUTISMO

A veces el dolor por la pérdida es tan profundo que, quien lo vive, es incapaz de hablar, de liberar los propios sentimientos.

En el mutismo el dolor no sólo ofusca la alegría si no que incluso sofoca la palabra, a menudo la persona comunica a través de la mirada, llena de vacío y de tristeza a través de las lágrimas. La persona llora, llora y llora. Es como si pelaras una cebolla: cada vez que quitas una capa derrama algunas lágrimas hasta que no hay más lágrimas para verter.

El rostro del superviviente expresa una melancolía infinita; a veces incluso su vestimenta de negro acentúa la oscuridad del paisaje interior.

En el mutismo la persona llega a ser un documento del padecer humano y permanece inmersa en una aflicción sin tiempo y sin límites.

El lenguaje no verbal, tan cargado de silencio y de emociones, anuncia el dramatismo de la pérdida. El hecho de que la palabra permanezca prisionera dentro de sí y no encuentre la vía de liberación contribuye a aumentar la tristeza.

Quien está anclado en el mutismo no sólo está huérfano de comunicación sino que también tiene serias dificultades de alimentarse, dormir y obrar.

En las relaciones sociales está físicamente presente pero mentalmente ausente. Familiares o amigos se esfuerzan en romper la conducta preocupante acompañándolo a cualquier evento o celebración, a la que la persona asiste de mala gana, permaneciendo inmersa en sus propios pensamientos y estados de ánimo.

Este comportamiento, cuando se prolonga en el tiempo, se transforma en un duelo interiorizado; en la práctica la persona vive muriendo, porque ahoga la energía vital y desactiva el potencial de las reacciones constructivas.

El mutismo produce cerrazón hacia el exterior, acrecienta el absorbimiento  mental y emotivo y alimenta comportamientos regresivos. Detrás del mutismo hay frecuentemente un niño herido que contempla perdido e incrédulo, una realidad que ha cambiado drásticamente.

2.- VICTIMISMO    

Un comportamiento que pone en evidencia a los supervivientes es el de sentirse víctima de un  destino que les ha reservado una carga excesiva de sufrimiento.

En realidad la vida está marcada por la injusticia, por la cual el niño nace y vive en la enfermedad y en cambio, el anciano, no ha puesto nunca el pie en uno; quien vive en la opulencia desenfrenada y el que no tiene nada para alimentarse; quien goza de miles de oportunidades y quien no ha visto una pantalla de televisión en su vida. Si la vida fuese justa, llovería más en el desierto del Sahara y menos en Irlanda, habría menos bombas para matar y, en cambio, más comida para alimentar a quien tiene hambre. De una parte, esto es una injusticia unida a los límites de la naturaleza, por otra, provocada por la clase humana.

Quien asume el rol de víctima se siente traicionado en sus propias expectativas y tiende a culpabilizar al mundo, alguien o algo, por la pesada herencia del padecimiento sufrido.

Expresiones que ilustran la percepción de sentirse víctima con: “en la vida sólo he sufrido”, “el destino continuará persiguiéndome”, “nadie comprende lo que yo siento”, “las lágrimas continuarán siendo mi único alimento”…

La tendencia predominante es la de lamentarse, de compadecerse de sí mismo, resaltando la propia condición de infelicidad.

A la sombra del victimismo se esconde, con frecuencia, rencor por la injusticia sufrida y no merecida, o envidia hacia quienes son más afortunados y gozan de los afectos que quien está de duelo ha perdido.

Primos del victimismo son el catastrofismo, como tendencia a anticipar lo peor de cada advenimiento, y el pesimismo, como inclinación a ver siempre el lado negativo de todas las cosas, minimizando la importancia de los aspectos de esperanza presentes en la realidad.

Quien se cubre constantemente con este comportamiento, se arriesga a transformar la existencia en una trampa, leyendo en cada contrariedad una confirmación interior de su propio rol de víctima.

3.- EGOCENTRISMO      

La desaparición en la vida propia de una figura significativa puede empujar al superviviente a atrincherarse en su mundo porque está convencido que se le ha caído el mundo entero encima.

Tal vez existe el riesgo de absolutizar el dolor propio: “Nadie ha sido puesto a prueba como yo”, “otras pérdidas serían más soportables”, “no hay sufrimiento más grande que el mío”, “ahora no me importa nada absolutamente”.

En realidad, no hay dolores de serie A o de serie B, ante una separación insoportable existe siempre el riesgo de agrandar la propia pérdida y de relativizar aquellas de los otros.

A menudo el dolor nos hace egoístas. Algunos están instintivamente llevados a compararse y a acentuar la gravedad del drama propio, modificando los sufrimientos de los demás. Hay quien, sumergido en el desconsuelo, lee el cuadro entero de la propia historia  perennemente sobre el telón de fondo de su pérdida.

Comportamientos que reflejan este quedar trabado en su propio egocentrismo, incluyen: el replegarse sobre sí mismos, la constante irritación hacia los que le quieren ayudar, el rechazo de propuestas para hacerle redimensionar la pena, el notable negativismo en la reflexión, la constante autoreferencia en valorar los sucesos.

Si la persona tiene la fortuna de estar trabajando o ejercer una profesión, guarda la tristeza y el llanto en el interior de su casa y se esfuerza en aparentar normalidad en el ámbito de su trabajo.

Tener que salir de casa para dedicar una parte del tiempo propio al trabajo o al estudio es, ciertamente, un gran remedio, es como abrir las ventanas de tu propia casa para hacer circular el aire y no quedar focalizados en el recuerdo de quien está ausente.

Tal vez, para quien se deja influir por la excesiva autoreferencia, acudir a grupos de ayuda mutua en el duelo puede resultar hasta saludable haciéndole partícipe y sensible hacia otras personas afligidas por diversos lutos y tragedias.

Esta comprensión es benéfica y educa al egocéntrico a cultivar una visión más amplia  sobre la complejidad de los aconteceres humanos y de los misterios comunes a todos los mortales.

4.- CULPABILIDAD

El choque con la muerte, especialmente si ésta es dramática o instantánea, suscita inmediatas reacciones de tristeza e incredulidad, poco a poco surgen sentimientos de culpa. El superviviente se interroga sobre el rol que hubiera podido ejercer para prevenir la tragedia, sobre hipotéticas intervenciones que hubieran podido salvar la persona amada.

La inclinación a declararse culpables suena en expresiones del tipo “si no le hubiese dado las llaves del coche, este accidente no hubiera pasado”, “quizás tenía necesidad de mi y me atormenta el pensamiento de no haber estado cerca”, “si hubiese regresado antes a casa, no lo hubiera encontrado colgado”, “si me hubiera quedado alguna hora más no hubiera muerto sola”…

El sentido de culpa surge de la ilusión en poder cambiar las cosas y manifiesta la incomodidad de convivir con los propios límites y la propia fragilidad.

La ilusión de la omnipotencia y la necesidad de controlar las virtudes ajenas, empujan al superviviente a quedarse enredado en un diálogo lleno de ansia, deformado, tendente a corregir el curso de los sucesos a través de una letanía de si  y quizás que no cambia para nada todo lo que ha pasado.

El sentido de la culpa nace de la óptica distorsionada de quien juzga el pasado con los conocimientos que posee hoy. Esto, objetivamente, no es realista y completamente irracional.

En el pasado se ha obrado así porque aquello era el conocimiento que se tenía en aquel preciso momento.

Es necesario, por consiguiente, valorar con sabiduría y objetividad los vuelcos psicológicos de este sentimiento para que no consuma energías mentales y espirituales destinadas a la vida.

El sentido de culpabilidad es probablemente la reacción más común que se encuentra en los acontecimientos luctuosos, se manifiesta con el sentimiento y las lamentaciones por cosas, dichas o no, hechas o no, y que de algún modo se quisieran corregir para sentirse en paz consigo mismo y con el difunto.

El poder verbalizar a alguien el propio disgusto o al reconocer antes Dios los propios límites, sirve para aliviar el peso.

El sentido de culpabilidad se convierte en problemático cuando se transforma en situaciones de autocondena o autolesión, la mayoría de las veces injustificado, cuando se convierte en vehículo para buscar un chivo expiatorio por todo lo que ha pasado, o cuando acaba con los recursos interiores y conduce a la depresión y a una pobre estima de sí mismo.

5.- INMOVILISMO

Un criterio positivo de una pérdida es el movimiento, es decir, el superviviente puede experimentar momentos de progreso y de crecida, o retrocesos y bajones. A veces basta un recuerdo, escuchar una canción o una reunión familiar, para intensificar el dolor y desencadenar un retorno a la intensa tristeza.

El movimiento, sea hacia delante o hacia atrás, es una afirmación de vida, lo que es inquietante y dañino es quedarse quieto, inmóvil, paralizado.

El inmovilismo es la reacción de aquellos que quedan paralizados por la pérdida, que son incapaces de reaccionar y de vincular la atención y la energía hacia fines bien definidos.

Es como si la muerte les hubiera despojado de la motivación de vivir, del deseo de encontrar consuelo en actividades, empresas o relaciones que, de repente, parecen insignificantes y carentes de todo interés.

Quien vive esta condición obra como un “zombie”, su existencia está regulada por la repetición de gestos y de comportamientos. Falta la carga afectiva y el estímulo en proyectar el futuro.

A menudo el inmovilismo se traduce en un luto crónico caracterizado por sentimientos de permanente tristeza y de falta de ganas de vivir.

A veces, la confusión de los deseos y de las motivaciones se manifiesta a través de mil pretextos a los que, la persona recurre para no salir, para rechazar cualquier estímulo, para reducir la actividad a lo mínimo necesario, para pasar muchas horas en la cama reposando.

Generalmente, el inmovilismo se revela en una bajada de energía, un comportamiento apático o letárgico, en el aplanamiento de los intereses, en la pérdida de confianza en el futuro.

6.- HIPERACTIVIDAD

Un comportamiento de naturaleza completamente opuesto al inmovilismo es el hiperactividad. Está claro que una actividad sana como poder dedicar buena parte de nuestro tiempo al trabajo, resulta constructivo y favorecen la elaboración del duelo porque permite reentrar en la vida y reencontrarse con los demás.

El problema se plantea cuando se desborda y se vuelve hiperactividad y se sumerge complemente en mil cosas para hacer callar su propio mundo interior en rebelión. El exceso en el “hacer” es señal de un malestar emotivo que empuja a enmascarar los sentimientos heridos.

Quien en el duelo tiene miedo a pararse, prestar atención y acoger estos sentimientos, quizás teme ser arrollado por ellos o se siente incapaz de gestionarlos por lo que tiende a sofocarlos o reprimirlos.

De alguna manera, detrás de la fuga de las emociones alberga el convencimiento que nada podrá dar la vida a quien ya no existe, por lo que la mejor elección es tratar de olvidar, sumergiéndose en una agenda llena de compromisos. En definitiva, se concreta el valor de la acción y se mortifica el rol de las emociones.

El estar siempre ocupado se convierte en una estrategia de supervivencia, destinada a rellenar el vacío o la soledad consideradas como angustiosa e inmanejables.

La hiperactividad, además de taponar el dolor en la ilusión de que negándolo  se le cure o al menos se le atenúe podría generar con el tiempo duelos retrasados.

Estos se manifiestan cuando la persona, a distancia de meses o de años, pasa cuentas con el propio dolor durante la visión de una película, que hace vibrar cuerdas olvidadas, o en la participación en los funerales de otras personas, que desencadenan un conjunto de sentimientos ligados a la herida taponada. Estas circunstancias llevan a que surjan enseguida sentimientos soterrados que ahora encuentran formas de expresión y de liberación.

Si esta oportunidad de catarsis no se realizara, la energía producida de las heridas olvidadas, antes o después salen a superficie a través de problemas psicosomáticas o estados tumorales anormales que intoxican la salud global del superviviente.

7.- IDEALISMO

La falta de un ser querido suscita en el que queda encogimiento por un futuro que ha cambiado radicalmente.

El ausente se convierte en presente a través del vacío que deja y el patrimonio de recuerdos y valores que confía a quien lo ha conocido y amado. No obstante permanece el riesgo de que el difunto ocupe el centro de la vida mitificándole en el recuerdo.

La idealización del ser querido se produce a través de manifestaciones verbales o de comportamiento.

A nivel verbal se idealiza el rol con expresiones como “el era todo para mí”, “no existen personas como en él en el mundo”, “no me he merecido una persona tan buena como él”.

Tal vez se recuerda al difunto formando una imagen ideal que contrasta con los comportamientos que lo han distinguido.

Un alcohólico o una persona autoritaria que han procurado gran cantidad de frustraciones a los familiares, una vez muertos, son recordados como figuras buenas que dejan un vacío incalmable. Esta necesidad de subrayar las cualidades sin corresponder a la realidad, disimulan un duelo bloqueado porque sentimientos como el odio o el resentimiento se suelen esconder por vergüenza.

A menudo la idealización del difunto se hace a través de comportamientos que  tienden a sacralizar la memoria o a asegurar la constante presencia en lo cotidiano.

Hay quienes después del deceso dejan su propia casa intacta sin cambiar nada, como si tuviese la idea que, en realidad, nada ha cambiado.

Puede ser que el superviviente vista los vestidos, el pijama o el jersey del difunto para sentirlo más cercano.

Alguna madre empapela cada ángulo de su hogar con la fotografía del hijo o de la hija, transformando su habitación o el pasillo de la casa en su santuario.

No faltan aquellas que se resisten a la idea de desprenderse de las cosas del ser querido porque lo sienten como un ultraje a su memoria.

En una palabra, el cariño morboso a los recuerdos materiales del difunto, la excesiva centralidad de su presencia y la obsesiva identificación con sus valores podrían denunciar duelos incumplidos.

Es legítimo sentir dolor, pero es problemático quedarse enganchado al propio dolor, es legítimo hacer tesoro de los recuerdos y de las enseñanzas del difunto, pero es problemático identificarse en su proyecto de vida, renunciando o sacrificando el propio. Es legítimo convivir con la soledad producida por la pérdida pero es problemático absolutizar la memoria, es legítimo conservar objetos particulares que recuerdan al difunto pero es problemático tenerlo todo como un museo.

8.- RITUALISMO

El rito es un componente esencial de la vida. El vivir la vida de cada día está marcado por gestos rituales, como lavarse, cuidar de la higiene, comer a las horas, saludar al vecino y así con todo. Sin el ritualismo la existencia resultaría caótica, desordenada.

El rito incluye un código de comportamiento, que regula la historia individual y social.

La muerte tiene un lugar especial para la expresión del ritualismo, sea desde el punto de vista social como religioso.

En su vertiente social, la muerte está acompañada de la escuela mortuoria, las expresiones de duelo a los familiares y amigos, da un cariz serio y apropiado en el modo de vestir conforme a las circunstancias de la participación social al luto.

Desde el punto de vista religioso, el ritualismo comprende la visita del sacerdote a la familia, la celebración de las exequias, el rito de la sepultura, las misas de sufragio en el día del aniversario de la muerte, etc.

Más allá de esta modalidad cultural practicada en circunstancias de duelo, hay algunos que acuden a prácticas rituales para encontrar consuelo y aliviar su congoja. Quien, por ejemplo, no inicia el día sin besar la fotografía del amado o la lleva consigo por todas partes como signo de proximidad y protección.

En algunos contextos culturales aún se usa la práctica de las viudas que se visten de negro durante muchos años, quizás hasta la muerte, como anuncio de la propia condición luctuosa por la desaparición del cónyuge.

Muchos van con frecuencia al cementerio para llevar unas flores a la tumba  de la persona querida, o recitan una oración y de ello sacan consuelo.